El lenguaje político no es la variedad lingüística propia de un grupo social, condicionada por variables de naturaleza sociocultural. Lo sociocultural no interviene en el “lenguaje político” como condicionante de la variación lingüística, sino como instancia del contexto pertinente en el proceso de producción e interpretación. Al referirse a los “niveles de lengua”, entre los que considera las lenguas especiales como variedades sociales, afirma Vigara Tauste (1992, pág. 13) que: “El hablante, como miembro de una determinada comunidad, está condicionado por variables geográficas y sociales mediante vínculos que podríamos denominar “de naturaleza psíquica y colectiva”, internalizados y asumidos independientemente de su propia voluntad individual. Los diversos niveles de lengua constituyen, pues, variedades de tipo supraindividual y acircunstanciales, subyacentes al sujeto hablante, cuya competencia depende directa y principalmente de ella”. Nada invita, pues, a considerar al lenguaje político como una lengua especial, puesto que ni es propia de un grupo ni se trata de variedades subyacentes al sujeto hablante. La “contaminación” de
dominios léxicos (la inexistencia de un léxico propio o utilizado en un sentido diferente del común) en el lenguaje político impide, asimismo, tal consideración. En suma, no se trata de una “lengua especial”, objetivable en el eje diastrático[1], junto a las variedades científica, jurídica, humanística, deportiva… (de naturaleza asimismo discutible) sino como la actualización de un conjunto de técnicas, como la realización del lenguaje común en unas condiciones contextuales de enunciación concretas: hay modelos contextuales que, por su naturaleza, implican “usos especiales”[2] de la lengua, modos de acción concretos que conllevan productos lingüísticos específicos sin que intervengan condicionantes socioculturales sino de naturaleza pragmática: el uso del lenguaje en un contexto implica modos de uso “especiales” de modo tal que la estructura y los elementos de las situaciones sociales influyen en un nivel macroestructural en los procesos discursivos, en los que es posible aislar estructuras y estrategias textuales y conversacionales en un nivel microestructural cuya actualización (producción e interpretación) a través de modelos contextuales específicos constituyen la materialización de lo que provisionalmente— denominaremos lenguaje político.
dominios léxicos (la inexistencia de un léxico propio o utilizado en un sentido diferente del común) en el lenguaje político impide, asimismo, tal consideración. En suma, no se trata de una “lengua especial”, objetivable en el eje diastrático[1], junto a las variedades científica, jurídica, humanística, deportiva… (de naturaleza asimismo discutible) sino como la actualización de un conjunto de técnicas, como la realización del lenguaje común en unas condiciones contextuales de enunciación concretas: hay modelos contextuales que, por su naturaleza, implican “usos especiales”[2] de la lengua, modos de acción concretos que conllevan productos lingüísticos específicos sin que intervengan condicionantes socioculturales sino de naturaleza pragmática: el uso del lenguaje en un contexto implica modos de uso “especiales” de modo tal que la estructura y los elementos de las situaciones sociales influyen en un nivel macroestructural en los procesos discursivos, en los que es posible aislar estructuras y estrategias textuales y conversacionales en un nivel microestructural cuya actualización (producción e interpretación) a través de modelos contextuales específicos constituyen la materialización de lo que provisionalmente— denominaremos lenguaje político.
¿Qué entendéis por "usos especiales" del lenguaje?
ResponderEliminar